|
10 de junio de 2008: -x1 día 1
Apaleado. Molido. Resignado a mi destino. Así me siento después de que me usara Domina Máxima. Limpiar todo, lamer el piso, limpiar todo, golpes, lamer mi propio goteo… (apenas si puedo), hacer el té, sentir su tibia lluvia salir de Su interior para bañarme a sus pies y lamerla luego del piso, siempre penetrado por un tapón anal que me hizo sentir ajeno y sin voluntad, ante Su Voluntad irresistible, desde varias horas antes. Entrever Sus labios rojos (atomic red), Su boca redonda y tan rojamente diabólica y divina al mismo tiempo, anunciando que, cualquier cosa que Ella decida sobre mi cuerpo o mente, se hará, y nada podrá evitarlo. Llegó a decir que no tenía idea de lo que era el dolor extremo y que era un estúpido por ponerlo en mi ficha de esclavo. Sé que los latigazos y los palos que marcaron mi piel y llenaron las nalgas de moretones no pueden calificarse de “dolor extremo”… pero Ella lo dijo de un modo que congelaba la sangre.
“¿Hasta qué hora tiene?”; - “Hasta las 10”. - “¿Ah, es cuando termina tu Ama Doméstica de meterte los cuernos, no?” Ella lo sabe y sabe el efecto degradante que esa frase produce en mi mente, como sabe lo humillante que es ser llamado con nombre de mujer: “anita”. Nunca había sido utilizado tantas horas. Las horas pasan y la mente comienza a agotarse. Rasquetear, rasquetear, rasquetear, rasquetear, rasquetear, de rodillas frente a la bañadera. Al día siguiente, la esponja de alambre que uso para lavar los platos en la casa de mi Ama Doméstica, me retrotrae de inmediato a la sensación de estar arrodillado y desnudo en el recinto de Domina Máxima. Debo confesar que al rasquetear y limpiar, rasquetear y limpiar, rasquetear y limpiar, en algún momento pierdo la concentración y la conciencia de mi condición de esclavo, pese incluso a estar penetrado por el tapón anal. Sin embargo, extrañamente, mi mente no quiere escapar de ahí sino que se pregunta si la Ama no lograría controlar esos impulsos de autonomía al limpiar, extremando las restricciones corporales para impedir toda distracción.
Es difícil para mí aceptar aún que soy un imbécil, como todo esclavo. Dómina Máxima lo machaca en mi cerebro para que se inscriba. Debo recordar su té preferido: el rojo. Debo recordar: nunca en saquito. Debo recordar: el agua debe calentarse dos minutos, veinte segundos, en el microondas. Debo recordar: servirlo en las tazas chinas (“imbécil, mojaste el plato”). Debo recordar: una cuchara y media de azúcar (“imbécil, la cuchara no se moja”). “¿Para que sirve “esto”, este colgajo? “Para nada Ama”. Dómina Máxima lo sabe y yo lo sé, sin embargo es tan difícil explicar lo que siento cuando ata, aprieta y enrolla el “colgajo” con un cordón, en una demostración inmediata de dos cosas simultáneas: el poder de Dómina Máxima sobre mí, y lo que ya no soy, un hombre. Un flash sexual de otros tiempos pasa por mi mente y se estrella con esta realidad de lo que soy hoy. “Ahora abrí tu boca, gusano, que va a ser mi cenicero”. Sabía lo que venía y sin embargo no era posible desobedecer. Un gran trago de cenizas se depositó en mi garganta, inundándola, secándola, con un gusto agrio que permanece como si se pegara a las paredes del esófago. Me sentí (lo era) un basurero, apenas una traquea vuelta agujero. Imposible no pensar cuánta ceniza más debería tragar. De algún modo me alivió ver que no se repitió, aunque también, que extraño, me sentí inútil frente al cenicero de metal, que recibió todas las cenizas restantes y puchos de la Ama y que luego tuve que limpiar. Es extraño como un esclavo puesto a cenicero, adquiere mente de cenicero y desea ser el mejor cenicero, extraño, porque ello sucede en paralelo (al menos a mí) a otra fuerza interna que reacciona con asco y espera no tener que recibir una nueva descarga de ceniza. ¿Acaso eso será porque aún no estoy suficientemente entrenado? La Ama Máxima fue muy clara en decir que necesitaba mucho entrenamiento, y en lo posible varias horas seguidas, para que no pudiera retirarme luego de “jugar” un poquito. Eso demuestra Su sabiduría, porque desarma de un solo golpe (algo que recién ahora me doy cuenta), una estrategia básica del sumiso que disfruta “jugando” media hora (toco y me voy), pero no acepta la destrucción sistemática de la voluntad que se produce en una sesión prolongada. Creo que eso es esencialmente lo que sentí con Dómina Máxima: servidumbre más allá de mi deseo, servidumbre sin deseo, fatalismo, servidumbre vacía, mente vacía, ya sea para el dolor, la humillación o el servicio doméstico.
“Dése vuelta y abra la boca”. Esta vez me coloca una mordaza que tiene una protuberancia que se hunde hasta la garganta, llenándome la boca. Al principio me atraganto, intento tragar, trato de abrir la boca buscando inútilmente aire. Creo oir “¿te gusta no?, vas a ser un buen chupapijas” La frase me sacude hasta el tuétano. Ya no puedo distinguir lo que me gusta de lo que no me gusta, todo está mezclado, todo está confuso en mis sentimientos, todo lo que me sucede parece ser un flujo indetenible dispuesto según el gusto de Ella, Dómina Máxima, tan alta, tan con esa sonrisa sádica y superior, como una Diosa a la que uno se entrega en sacrificio. “¡Atrás! ¡A la Cruz de San Andrés!” Poco queda de mi resistencia. Molido por los golpes, agotado por horas de utilización, la Cruz de San Andrés se me aparece como un desesperante anuncio de una nueva tanda de torturas. La resignación, de algún modo, hace que se relaje la garganta aceptando finalmente la invasión casi como algo natural. “Me encantan los pezones”, oigo que dice Dómina Máxima, nuevamente con Su voz sádica, mientras los presiona con Sus uñas largas y coloca un par de pinzas que ponen mi cabeza en la punta de los pezones. “Hay que trabajar mucho estos pezones”. ¿Trabajar? Otra vez se me hiela la sangre. Cualquier cosa que signifique “trabajar” implica transformación y dolor. A esta altura, extrañamente, mi mente ya no se opone a nada, apenas si se horroriza por lo que sucederá. Nada pasa, sin embargo. ¿Es que mis pezones ya no le sirven de diversión a Dómina Máxima? Alivio por un lado, pero sentimiento de inutilidad por el otro, como tantas veces a lo largo de la sesión. Largos minutos (¿o habrán sido horas?) en silencio. De pronto me golpea un pinchazo, como si un alambre hubiese entrado a mi cuerpo por el escroto recorriendo los genitales. Enseguida me doy cuenta que es un dispositivo eléctrico. El pánico es total y mi cuerpo no puede evitar sacudirse, mientras los alambres se meten en la carne. Entre el jadeo cada vez más entrecortado por las descargas, oigo la voz de mi Ama diciendo “¡cómo me gusta!”. Algo sucede entonces: y las descargas comienzan a gustarme sin gustarme. Mi mente se hace vórtice visualizando la hermosa cara de mi Ama sonriendo con sus labios redondos y rojos, mientras que mi cuerpo se sacude como si fuera una marioneta. En ningún momento me sentí más nada, y al mismo tiempo más útil. Me veo: desnudo, expuesto ante Ella, abierto de brazos y piernas, encapuchado, convulsionando, simplemente recibiendo electricidad en los genitales aplicada por Su Mano poderosa, simplemente aceptando, para Ella, para mi Ama, los alambres eléctricos que se incrustan en mi cuerpo.
Cuando se detiene soy un estropajo, un manojo de sensaciones sin conciencia, un cuerpo agotado, recorrido por dolores sin localización fija, un ano dilatado luego de horas de mantener la estaca que penetra mis entrañas, una boca informe y babeante llena de esa mordaza-falo, un cornudo, un gusano, un siervo, humillado y rendido al poder de la Ama Máxima. Así, casi sin poder mantenerme en pie, me ordena sacarme la estaca (¡¡finalmente!! Gracias Ama), sólo para mostrarme una enorme pija de plástico, ancha como un puño. “Esto va estar dentro suyo”, creo que dice. Creo también que sacudo mi cabeza con horror, y me sale un sonido gutural del fondo de mi garganta llena, que quisiera decir, “no, no es posible, al menos no hoy Ama, de a poco, Ama, por favor”. Por un segundo atraviesa mi mente el recuerdo del hombre que alguna vez fui, haciendo el amor a una mujer, y me golpea la realidad de un destino que ya he aprendido a saber finalmente inevitable, en el que me veo penetrado y dilatado hasta el grotesco. El sentimiento es intolerable: el rechazo instintivo de la deformación de lo que alguna vez fue mi cuerpo, y la certeza de que por imposible que parezca, el poder de Dómina Máxima podría transformarme en eso. Por eso me baja la presión: una reacción a lo inevitable, a dejar de ser el que alguna vez fui, para ser más y más algo grotesco, más allá de toda humillación, dolor o imposibilidad física, en lo que mis actuales preferencias carecen de toda importancia, para dejar paso al poder irresistible de Dómina Máxima.
“La próxima vez momificación. …y agujas”. Apenas si puedo tirarme a los pies de Dómina Máxima y besar sus pies. Sé que es un futuro que se hará fatalmente realidad en mí, al igual que todo lo que Ella desee. ¿Cuánto podré resistir? Sé que podría dejar de asistir a Sus sesione de adiestramiento. Pero a esta altura, sé también que esas resistencias son circunstanciales, y que finalmente todo lo que se decide sobre mi se realiza.
Cuando llegué molido a la casa de mi Ama doméstica ella ya estaba (nunca se había ido, en realidad). Era obvio que había tenido sexo. Puse su bombacha y panties negras en el canasto (al día siguiente las levé a mano como siempre) y me quedé dormido con mi cuerpo adolorido (sobre todo las nalgas y el ano) y mi mente inundada de las imágenes de Domina Máxima disciplinándome, mientras mi esposa me metía los cuernos con su amante.
esclavo -x1
VOLVER
|